The Washington Post publicó  un artículo escrito por Jonathan Teppermant, Editor Gerente de Foreign Affairs, ‘en el que pide no desestimar al presidente Enrique Peña Nieto a pesar de sus escándalos.

En el texto, Teppermant asegura que Estados Unidos debería estudiar lo que hizo el mandatario en México, resaltando su valor para lograr las Reformas Estructurales y considerando al Pacto por México como un ejemplo de civilidad entre las fuerzas políticas de un país que se encontraba paralizado.

Aunque el autor identifica errores en Peña , afirma que sus dos primeros años en el poder estuvieron entre los más productivos en la historia de México.

Aquí la traducción del texto completo:

 No den por perdido al asolado por escándalos, Enrique Peña Nieto. Washington debería estudiar sus logros.

En 2012, México era un desastre, aparentemente atrapado en un ciclo mortal de disfunción que parecía incluso peor que el que ocurre en Washington actualmente. El Congreso del país estaba paralizado, y muchos de sus problemas estaban fuera de control. Desde 2006, la guerra contra las drogas ha cobrado 60,000 vidas. La esperanza de vida era la más baja entre las naciones de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos. La corrupción estaba drenando 10% del Producto Interno Bruto, y los grandes monopolios estaban asfixiando la economía (compañías dirigidas por un sólo hombre, Carlos Slim, representaban más de un tercio de la bolsa de valores). La producción petrolera, de la cual depende un tercio del presupuesto gubernamental, había caído 25% en sólo 10 años. Las cosas estaban tan mal que, en 2008, el Pentágono advirtió que México corría el riesgo de un “colapso rápido y repentino.”

La elección presidencial de 2012 no prometía una gran mejora. Su vencedor fue un notable mujeriego de 46 años llamado Enrique Peña Nieto, un descendiente del mismo partido que había introducido muchos de los problemas desde el principio. Su apodo en la campaña electoral parecía captar las expectativas de la nación—las mujeres lo llamaban “bombón”—y Ashley Madison utilizó su cara en sus carteles. En los años posteriores a su elección, sus muchos errores (incluyendo acusaciones de corrupción, el mal manejo de varias desapariciones masivas vinculadas a las fuerzas de seguridad del país y su decisión incomprensible de invitar a Donald Trump para una visita en agosto) han llevado a muchos mexicanos y estadounidenses a darlo por perdido.

Sin embargo, desestimar la presidencia de Peña Nieto es un gran error. Los primeros dos años de mandato de este subestimado bombón están entre los más productivos en la historia de México. En poco tiempo logró convencer a sus más férreos enemigos políticos y unir fuerzas con ellos para romper con los monopolios asfixiantes, liberalizar el oxidado sector energético, reestructurar las escuelas deficientes, modernizar las leyes bancarias y mucho más. Para apreciar la magnitud de estos logros, trate de imaginar al Congreso de EE.UU. aprobando las reformas migratoria, fiscal, bancaria y de financiamiento de campañas, al mismo tiempo.

El mayor éxito de Peña Nieto fue algo que muchos gobiernos (incluyendo el nuestro) sólo pueden soñar: romper con el estancamiento que ha paralizado su país por años. Y eso es lo que hace que su historia merezca ser estudiada, a pesar de los múltiples errores subsecuentes. Aunque sería difícil para los Estados Unidos aplicar directamente sus lecciones—los sistemas políticos de ambos países están estructurados de manera muy diferente—los logros de México siguen siendo un recordatorio en la dividida elección de este año: Incluso las rivalidades políticas más tóxicas pueden superarse, y los peores estancamientos políticos pueden romperse. Aquí está cómo.

En el año 2000, México por fin se liberó de 71 años de la dominación de un solo partido y se convirtió en una verdadera democracia. En lugar de utilizar su nueva libertad para luchar por reformas, los tres principales partidos—PRI, PAN, y PRD—aprovecharon para luchar el uno al otro. El Congreso se mantuvo paralizado y la situación se volvió tan crítica entre 2006 y 2012, que el líder del PRD se rehusó a siquiera estrecharle la mano al Presidente. Ante la ausencia de acción gubernamental, los grandes problemas del país—las drogas, la pobreza, el crimen y la corrupción—se agudizaron.

Sin embargo, la crisis tuvo un momento de esperanza, para 2012, los votantes frustrados, finalmente decidieron que habían tenido suficiente. En la elección de ese año rechazaron de manera humillante al partido en turno, el PAN, otorgándole sólo 26% del voto. Si bien el PRI ganó con el Presidente Peña Nieto, apenas alcanzó un estrecho 39% de pluralidad. Estos resultados forzaron a políticos como Jesús Zambrano, líder del PRD (partido al cual también le fue mal ese año), a reconocer de mala gana que su constante obstruccionismo les había “costado mucho ante los ojos de la sociedad”, tal como me lo dijo en 2014 en entrevista para mi libro “The Fix”, sobre cómo los gobiernos resuelven estos conflictos. Así que, poco después de la elección de Peña Nieto, Zambrano se le acercó con precaución para entablar cooperación, el Presidente se abalanzó ante la oferta.

A pesar de lo mucho que estaba en juego, no había garantías para que la cooperación funcionara; varios intentos anteriores ya habían fracasado. Éste seguramente también habría fracasado, de no ser por el manejo ingenioso del Presidente Peña Nieto en los diálogos previos. En primer lugar, mantuvo las reuniones privadas—con sólo nueve participantes, tres de cada partido—y confidenciales. Esa intimidad, más un gran número de comidas y tequilas compartidos, impulsó a los rivales a verse como personas. Al mismo tiempo, la secrecía (nunca hubo filtraciones durante los meses de las negociaciones) construyó confianza y disolvió presiones de intereses especiales.

Para facilitar la negociación, los participantes pusieron sobre la mesa todos sus deseos desde el comienzo. Después determinaron que las decisiones serían unánimes y que “nada estába decidido hasta que todo estuviera decidido”, tal como me explicó uno de los negociadores del PAN, Santiago Creel. Otro elemento crucial fue la disposición del PRI para ceder. Al final cedió en varios puntos prioritarios—por ejemplo, su reticencia histórica a una reforma electoral—marcando un precedente y convenciendo a sus rivales para hacer lo mismo.

Finalmente, Peña Nieto fue muy perspicaz cuando se trató de hilar el plan. Para construir momentum, colocó al principio los temas en los que todos concordaban. También antepuso las reformas preferidas de los otros partidos antes que las suyas. Lo que hizo, me explicó el Presidente, fue blindar el pacto demostrándole a los demás partidos que la única manera de obtener lo que querían era apegándose al plan.

Sorprendentemente, todo funcionó. Cuando el Congreso inició sesiones a principios de 2013, el Pacto por México (nombre por el cual se le conocería) fue declarado, hubo tregua, y los partidos políticos de México dejaron de pelear y empezaron a legislar. Durante los 18 meses subsecuentes, aprobaron 85 importantes reformas, con un promedio de 80% de respaldo por parte de los legisladores. No sólo resquebrajaron los monopolios de México, revigorizaron el sector petrolero, encararon a los poderosos sindicatos de maestros y renovaron las inefectivas leyes fiscales, incluso aprobaron una ley en contra de la comida chatarra para combatir la epidemia de diabetes en México. Lo que hace a esta lista más impresionante es que muchos de los cambios tuvieron que aprobarse dos veces, primero como reformas constitucionales y luego como legislación.

La ventaja de los matrimonios por conveniencia es que permite a los recién casados realizar cosas de manera conjunta, que de otra forma no podrían haber logrado por cuenta propia. La desventaja, por supuesto, es que no tienden a perdurar. El pacto no fue la excepción: en agosto de 2014, mientras los partidos se preparaban para las elecciones intermedias, Peña Nieto anunció formalmente el fin del acuerdo.

Pero el legado del gran pacto de México continúa. Primeramente, ha revolucionado la política en el país. En palabras de Creel, el pacto creó “una nueva cultura en la que no eres un traidor si te sientas a platicar/negociar.” O, como Aurelio Nuño, un negociador del PRI que ahora ocupa el puesto de Secretario de Educación, me comentó: “Antes del pacto, había polarización, estancamiento, algo muy parecido a lo que ocurre con la actual política norteamericana. Ahora las relaciones entre los partidos son radicalmente diferentes.” Mientras tanto, mediante la liberalización de la economía mexicana, la promoción de la competencia, la mejora en la educación y la promoción de la inversión extranjera, las reformas han sentado las bases para un crecimiento serio, especialmente cuando los precios del petróleo—fundamentales para la economía mexicana—se recuperen.

Desafortunadamente para México—y para la popularidad de Peña Nieto que ha caído a 26%—ese  crecimiento aún no llega. Los mexicanos aún no han visto muchas mejoras y culpan al Presidente. Adicionalmente, varios estados y sindicatos buscan bloquear las reformas educativas, las cuales imponen nuevos y más estrictos estándares para los maestros. La caída en los precios del petróleo y la recesión mundial han dañado al país. Pero nada de esto es culpa de Peña Nieto (contrario a los escándalos en los que se ha visto envuelto, de los cuales sí es culpable).

El hecho de que el pacto aún no haya rendido frutos no debe sorprender. Los beneficios de las reformas estructurales siempre toman tiempo para materializarse—es por eso que muy pocos políticos se atreven a implementarlas. Eso sólo hace que la valentía que ha demostrado Peña Nieto y sus colegas sea mucho más sorprendente.

De hecho, esa valentía apunta a la primera de las lecciones de México para el resto de nosotros: Las personas importan. Al igual que las tripas. Los negociadores del pacto compartían una capacidad inusual para hacer frente a la realidad y tratar con ella de manera responsable, dejando de lado la ideología y la doctrina partidista con gran riesgo para sus carreras.

En segundo lugar, las crisis graves tienen una forma increíble de concentrar las mentes de los líderes, al mismo tiempo que permite limpiar los obstáculos que normalmente bloquean la reforma, creando una enorme oportunidad para los líderes lo suficientemente audaces para aprovecharla.

La lección final, es la más simple de todas: Nunca abandonar la esperanza. Cuando le pregunté a Juan Pardinas, Director General del IMCO, cuál pensaba que era la moraleja de la historia, me dijo esto: «Si [hace unos años] le hubieras preguntado a un mexicano común, o incluso a las personas que negociaron el pacto , si pensaban que algo así podría ocurrir aquí, habrían dicho que no. Pasamos por 15 años de frustración. Pero la lección es que lo imposible puede suceder. Ocurrió. A veces realmente se puede encontrar agua en el medio del desierto».

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