De límites y otras instancias…

Luis se levantó como siempre para ir a la escuela. Cursa 6o grado de primaria en una escuela privada. Sus padres siempre le han dicho que su educación y la de sus hermanos es lo más importante para ellos. Luis valora a su corta edad el esfuerzo de su padre para poder pagar la escuela y el cariño de su madre todas las tardes para ayudarlo a hacer su tarea. Tiene dos hermanos, uno mas grande que va en 2o de Secundaria y una hermana que entrará a Primaria el año que viene. Luis se siente seguro y protegido en su casa. Sus padres le han enseñado resposabilidad y orden. No tiene todo lo que se le antoja, porque su padre le dice que hay que conseguir las cosas con esfuerzo. Así que los fines de semana, lava coches, carga bolsas en un super y a veces su papá le da domingo. Está juntando para comprarse un Xbox, su hermano esta ahorrando para los juegos. Los dos tienen muy buenas calificaciones aunque de repente “les falle” como a todos los adolescentes.

Lo que Luis no se ha atrevido a decirle a nadie en su casa es que tiene miedo. No le gusta ir a la escuela porque un grupo de niños lo molestan. Le quitan su almuerzo, lo han pateado, golpeado en el estómago y hasta escupido. Un día se envalentonó y los acusó con un profesor, que le dijo que “aguantara vara” y que era “cosa de chamacos”. Luis decidió entonces no llevar almuerzo ni dinero para la tiendita. Entonces estos niños le vacian su mochila pisandole los libros, rompiéndole los lápices, dejándolo tirado despues de un punch en el estómago. Cuando pasa por donde están ellos, le gritan “Cuídate pendejo, te vamos a matar”. A los 12, 24 o 60 años, una amenaza así siempre da miedo.

Luis ya no duerme, se muerde el labio de abajo y se muerde las uñas al ras. Ya no quiere ir a trabajar los fines de semana a los coches ni al super porque tiene miedo de que se aparezcan estos niños. No se quiere levantar de la cama y dice que le duele la cabeza todo el tiempo. Ha bajado su rendimiento en la escuela, no quiere ir y además ha perdido su buen carácter. Sus papás están preocupados, pero no aciertan a saber que su hijo está siendo víctima de acoso o bullying. Nadie conoce bien el término. Nadie sabe cómo hacer para detenerlo. Nadie sabe en dónde poner límites. Nunca hay pruebas porque los golpes no dejan siempre marcas, esas casi siempre se llevan adentro, en el corazón. Y generalmente al más fuerte le creerán más fácil.

Solamente en el DF, en 2010 han habido 197 suicidios de niños y adolescentes que han sufrido este tipo de acoso; sin embargo, el GDF sólo reconoce 34 casos. “Buleados” les dicen. Dos de cada diez niños son víctimas de bromas pesadas entre compañeros y aún entre profesores. Existe una línea de ayuda del gobierno capitalino que en los últimos 4 meses han recibido 858 llamadas de ayuda.

Así que, el bullying sí existe. No lo inventamos nosotros. Muchos fuimos víctimas, muchos fuimos acosadores. Ahí está. Desde toda la vida. Sólo que ahora, existe una gran diferencia.

Antes existía respeto a la autoridad. Llámese padres, maestros, policía, abuelos y hasta hermanos mayores. Faltaba que tu mamá te viera con ojos de pistola para que te quedaras quieto en misa. Que el profesor te sacara del salón por estar platicando. Que te regañaran y castigaran por pegarle a tu hermana, sin tele y sin salir. Teníamos respeto. Independientemente de tu situación familiar, tenías respeto por las cosas y las personas. Entendías, aunque fuera a cates.

La pregunta aquí es: ¿En qué momento les enseñamos a nuestros hijos a no tener respeto ni límites? Es más, en qué momento los perdimos nosotros.

Madres que les da miedo regañar a sus hijos. Padres que con tal de comprar sus ausencias llenan a sus hijos de regalos. Niños que se rebelan ante la indiferencia. Que no tienen horarios, disciplina ni atención. Una sociedad que no respeta a la autoridad. Autoridades que no respetan a sus ciudadanos. Polarización. Llamar nacos o gatos a las personas o al contrario, acusar de mamones o fresas. Niños que necesitan lo último en aparatitos, ropa y acesorios (y se les compra a pesar del bajo presupuesto). Padres que érroneamente confunden el educar con permisividad y vivir en constante competencia con los demás.  Un gobierno que permite vivir en este nivel de violencia, sólo tendrá ciudadanos violentos. Esa es nuestra herencia a nuestros hijos. Mientras sigan teniendo miedo a poner límites y a decir “no”, tendremos niños heridos físicamente y enfermos emocionalmente. Esta es la prueba de que una sociedad se forma desde casa. Permitimos que la violencia que vivimos como país nos defina como seres humanos y se la repliquemos a nuestros hijos. Un país violento torna a sus ciudadanos violentos. No estamos entendiendo que en nosotros está el cambio para reflejarlo en nuestros hijos. Seguramente nos haremos más responsables cuando veamos la noticia de que un alumno acuchilló a otro con una navaja escolar delante de un maestro indiferente.

¿Estás dispuesto a cambiar tu actitud ante tus hijos y tus alumnos? O esperamos las noticias de mañana?

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